Sin pasaporte a la prostitución

Más de 23 mil trabajadoras sexuales hacen vida en la capital colombiana y Marianis es una de ellas. Huyendo de las penurias en Valencia, una de las ciudades más grandes de Venezuela, la vida le atravesó la dura realidad de tener que vender su cuerpo. Aquí conocemos un poco de su historia

Por: Andrés Ramírez. Se vacila la escritura. Futuro columnista


Marianis es una luchadora por herencia y risueña por naturaleza. Creció en la revolución bolivariana pero su temple lo heredó de sus padres. Tiene 32 años, es madre de dos hijos de dos y cuatro años. Enviudó recientemente. Sus ojos son color miel y su mirada es seductora, sus manos se deslizan en medio de sus cabellos negros que llegan casi hasta su cintura, su altura no supera los 1,65 centímetros. Proporcionalmente está bien dotada, según dice ella, y con una sonrisa picarona espera a un cliente en una de las esquinas del barrio Santa fe de Bogotá, el cual  ha sido copado por trabajadoras sexuales venezolanas. Marianis se ha convertido en una víctima más del éxodo del pueblo bolivariano.


Ella recuerda cómo su vida dio tantos giros para terminar siendo una de las más de 300 personas con nacionalidad venezolana viviendo en el “pequeño infierno”, nombre que le asignó a este barrio a los dos meses de haber llegado, cuando fue testigo de cómo sacaban muerta a una de sus amigas venezolanas. “Pues aquí reina el silencio, la  memoria y el olvido, nadie sabe nada”, comentó mientras observaba el sitio donde suele trabajar; después de un momento guardó silencio…y a lo lejos su mirada se perdió en las calles, en las personas, como si pudiera ver reflejado los secretos que tenía su corazón.


Al llegar a Colombia, la ciudad de Cúcuta fue su primera parada. Allí encontró miles de venezolanos amparados por la sombra de las palmas y techos de los principales parques en donde dormían cientos de sus compatriotas que a la vez buscaban cualquier ayuda, pedían comida para los niños, diferentes medicinas y alimentos para llevar a sus casas.

Allí Marianis sobrevivió quince días buscando trabajo mientras en Venezuela sus hijos y su mamá esperaban cualquier ayuda económica que ella les pudiera brindar. Pese a todos los esfuerzos realizados no pudo encontrar nada, pues según el Dane, Cúcuta, actualmente tiene una tasa de desempleo de 18,7% siendo esta una de las más altas a nivel nacional.

Ella, desesperada por el tiempo que llevaba sin poder ayudar a su familia, decidió hacer una llamada que daría un giro a su vida tal vez para siempre. Al  comunicarse con una de sus amigas venezolanas que llevaban un tiempo en las calles frías de Bogotá le ofreció trabajo vendiendo su cuerpo.

La decisión había sido tomada, eran más de 15 horas de camino que le esperaban a Marianis para llegar a la capital de Colombia. Más de 128.000 mil venezolanos que han decidido viajar a Bogotá para laborar y  enviar dinero a sus familias y Marianis es una de ellas.


Entrando a la caldera

Según un estudio del Concejo de Bogotá, para el 2019 en la ciudad, hay alrededor de 23.000 mujeres que ejercen la prostitución, siendo la localidad de Santa Fe una de las principales zonas donde se concentran más de mil trabajadoras sexuales. Aquí el diez por ciento son venezolanas en burdeles y calles del Centro.

Los «rapiditos» de Patricia


La presencia de venezolanas en esa barriada ha impulsado la discriminación por las colombianas que también ofrecen servicios en esa zona. El conflicto se da principalmente por los bajos precios que las extranjeras ofrecen, los cuales oscilan entre los 20 mil y los 40 mil pesos, mientras que las colombianas llegan a cobrar desde 80 mil o más. El  barrio se ha sectorizado por fronteras invisibles para establecer la zona de trabajo entre travestis, gays, mujeres jóvenes, señoras, colombianas y venezolanas.

Hace un año Marianis llegó a un “hotel”, que a su vez lo utiliza como escenario de trabajo. Con su mirada triste contemplando el cielo, y hablando como si tuviera un nudo en la garganta, dice que jamás pensó tener que llegar a ejercer uno de los trabajos más antiguos que existe en la humanidad. Tampoco pensó que  llegaría a ser parte de las más de 4.500 mujeres venezolanas que ejercen prostitución en toda Colombia.

Con su voz entrecortada dijo:“Algo que hay que tener en cuenta en este lugar, es que hay una seguridad que no conocemos…pero que vela por el bienestar de nosotras”. Según ella, el hombre que se ponga de “abusivo”, le va mal, pues solo debe gritar y enseguida llegan los de “seguridad” a defenderla, y el cliente se va…con una desagradable experiencia.

Entre ellas mismas también se cuidan, ya sean llamándose, escribiendo mensajes de texto o tomándole foto a la placa del carro que viene por “un servicio”. Marianis poco sale de su sitio de trabajo por una mala experiencia que tuvo con un cliente, el cual se aprovechó de su poco conocimiento en la ciudad y le dio varias vueltas en su automóvil llevándola lo más lejos posible para poder sobrepasarse con ella de una manera violenta.

En este tipo de  espacios como las aceras de una calle, una esquina o un bar de paso, manejan un precio igual entre sus clientes, “o bueno si el cliente se ve que tiene plata se le cobra un poco más”, dice Marianis con una sonrisa agridulce recordando otras experiencias que la han marcado y la han llevado a trabajar solo en horas del día debido a redes de prostitución que reclutan venezolanas para comercializarlas en diferentes burdeles, y “además porque en horas de la noche es más peligroso y el infierno se hace más evidente”, dice ella, mientras mira pasar a unos muchachos con sus pipas de crack en la mano.

“Hay días en que uno se siente, sola, vacía  y triste, pero mis hijos son mi motor para luchar”, dijo mientras miraba una foto de ellos en su celular. Su mente  y su corazón la llevaban a viajar por sus recuerdos hasta Valencia, Venezuela, donde sus hijos estaban con su mamá, los sueños de seguir estudiando criminalística mientras trabajaba en un centro comercial quedaban atrapados en eso, en recuerdos de lo que ahora se había convertido en una historia sin un buen final.

Marianis salió corriendo de sus raíces por lo duro que era vivir y mantener a los suyos. Cuenta que las filas eran interminables para poder acceder a algún alimento, “se aguantaba hambre,  los saqueos eran casi a diario, la situación era muy difícil y más aún, para una madre viuda con un bebé de un año  y otro de tres, sobreviviendo en estas condiciones”, dijo.

El éxodo hacia el pequeño infierno  

Un día la joven valenciana decidió alistar su maletas, limpiar sus lágrimas al saber que dejaría por un tiempo a sus hijos de tan corta edad y a su mamá quien le enseñó a luchar. Era el momento de demostrar su valentía y de ser una guerrera e ir en busca de una mejor estabilidad económica sin importar los obstáculos que le trajera la vida, estaba dispuesta a luchar por amor a su familia.

Había llegado el momento de emprender nuevas experiencias. A lo lejos ella se confundía  con el río de personas que buscaban cruzar el puente internacional Simón Bolívar, ubicado la ciudad de Cúcuta y el estado Táchira en Venezuela. Allí según datos de Migración Colombia, pasan por lo menos 37 mil personas a diario. Unos 312 mil 551 están de forma legal y al menos 447 mil 371 de forma irregular en Colombia, una de estas era Marianis. Ella no contaba con los papeles requeridos por emigración para ingresar pero aun así avanzaba con la fe que no la revisarían. Fueron minutos que se le hicieron eternos, sus compatriotas  marchaban en silencio con sus miradas perdidas, la hambruna era evidente en la contextura de sus cuerpos que llevaban algún símbolo de su bandera adornada en una de sus prendas. A la vez caminaban al ritmo de la multitud, llevaban las pocas maletas que tenían como podían mostrando dolor.

Perpleja de todo lo que estaba viendo en aquel puente, Marianis avanzó su camino con la esperanza de que cruzaría la frontera sin ningún problema. Y así fue, pasó  desapercibida por los entes de control que estaban allí.

Sin pasaporte en el infierno

Sonaron unas sirenas que estremecieron la calma de Marianis. En la carrera 22 con la avenida Caracas, muy cerca donde ahora trabaja, dos ambulancias pasaban con prisa, tal vez iban hacia el hospital San José uno de los más antiguos de Bogotá y más cercanos de  allí.

Marianis estuvo muy pendiente de dónde provenía el sonido apenas lo escuchó a lo lejos. Según ella deben estar muy precavidas con la policía porque muchas veces les ha tocado salir a  correr y esconderse de ellos cuando hacen operativos sorpresa y si alguna de sus compañeras se deja capturar estando indocumentada, se sumarían a los más de 1500 venezolanos deportados según datos de Migración Colombia. Así ocurrió el pasado 16 de febrero 2017 cuando capturaron a quince trabajadoras sexuales venezolanas sin sus respectivos documentos en uno de los burdeles más conocidos de la zona: El Castillo.

El cliente que Marianis estaba esperando llegó, aquel hombre estaba en una esquina de la calle del frente, era el momento en que ella debía trabajar. Antes de marcharse contempló las nubes que estaban apunto de estallar, sintió un escalofrío y recordó el calor de Valencia y lo comparó  con las calles frías y estridentes de Bogotá. Además, mencionó de cómo los vientos eran los mensajeros de sus oraciones a Dios a quien considera como ese ser lleno de amor capaz de cubrir multitud de pecados y el único amigo fiel quien le brinda las fuerzas espirituales para ser fuerte en los días grises de su realidad. Cuando sus lágrimas se deslizan entre sus mejillas, el sonido de las risas inocentes de sus hijos a través de un celular la motivan a seguir luchando en este “pequeño infierno”. En este espacio y tiempo que llamamos vida.

Ella decide pasar la calle, saluda algunas de sus compañeras de trabajo y a la vez  se mira en el espejo antes de su encuentro. En su mirada se ve el reflejo de una mujer que ha  afrontado los desafíos y las experiencias que trae consigo estos lugares de “tolerancia”. Sonríe y se encomienda a Dios confiando que todo estará mejor.

Foto: HSB Noticias

Este trabajo forma parte de la primera edición de «El Cúnico», una publicación del programa de Comunicación Social de la Corporación Unificada Nacional de Educación Superior (CUN).

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