Siete caídas con «El sonero del mundo»

Una crónica bien mojada de cerveza. Esa noche maravillosa de salsa y rock and roll terminó de una forma extraña pero jocosa. Sigan la pista a esta historia

Por: Rafael David Sulbarán. Periodista. Se machucó un dedo. Le gustan las empanadas

Siempre me ha gustado el rock, es mi género favorito. Si me propongo a escuchar música, diría que en un 80 por ciento sería rock. La salsa también está presente, la gaita zuliana y el merengue entre otros géneros, por eso me considero melómano. Pero sin duda el rock es el que manda. Bueno, una noche me moví varios kilómetros desde mi trabajo hasta la ciudad de Maracaibo para disfrutar de un concierto de rock, pero terminé disfrutando más de otra cosa.

En Maracaibo durante muchos años se ha llevado a cabo una fiesta que con el pasar del tiempo se volvió famosa. «La Matica» es la reunión de graduación de los estudiantes de medicina de La Universidad del Zulia. No sé exactamente el año, pero las primeras celebraciones las hacían debajo de un árbol. Los graduandos se reunían para tomar cerveza, comer y celebrar el logro académico. Luego, estas reuniones se volvieron fiestas grandes, masivas incluso.

Al principio de la década del 2000 fue que me enteré de ellas. La primera vez que asistí a una fue en el Círculo Militar donde brincamos bastante viendo a la banda venezolana de ska «Desorden Público», todo un vacilón. Luego fui a otras, pero las que le voy a relatar a continuación es sin duda una de mis grandes experiencias en fiesta alguna.

José David (Cuá), un gran amigo siempre me convidaba a ir a conciertos y toques de bandas rockeras. En esta oportunidad me comentó sobre la visita a Maracaibo de «Viniloversus», una de las bandas de rock más importantes de Venezuela por esos años. Yo era buen fanático de ellos y por supuesto acepté la invitación. «Chamo, va a tocar Viniloversus en La Matica, vamos a echarle bolas pues, yo compro las entradas», comentó José sin darme mayores detalles. Solo sabía que era en el complejo «Aquaventura Park», un parque acuático al norte de la ciudad. También sabía que iba a tomar mucha cerveza. Resulta que una de las características principales de La Matica es que hay «barra libre», toda la noche departen cerveza sin límite a cada uno, solo por la hora claro.

Bueno, entonces luego de la invitación terminé mi jornada en el periódico donde trabajaba en Ciudad Ojeda y salí tranquilazo. Debía pasar por dos amigas en Cabimas: Emmanuel y Mariastrid, una odontóloga y otra médica. Antes de recogerlas a ellas pasé por el cajero automático…ahhh esa época cuando uno podía darse ese «lujo» en Venezuela, ir al cajero, recoger unas amigas e ir a un súper concierto. Les estoy hablando del año 2012 cuando la crisis actual no se veía tan cerca.

La fiestota

Arrancamos desde Cabimas echándo cuentos. Yo iba pensando en dónde iba a dejar mi Volkswagen Polo, sobre todo porque tenía el seguro de la puerta del copiloto malo, es decir, el botón no cerraba. En fin, llegamos y bueno, estacioné el carro relativamente cerca de la entrada. Me persigné, lo persigné a él y lo dejé allí a la voluntad de Dios.

Cuando arribamos a la entrada vemos que había una cola gigante, mucha gente entrando. José David tenía nuestras entradas. Nos llamó a una cerca y nos las entregó. Yo miro la boleta y leo el nombre: «Oscar de León», así bien grande y por allá abajo decía Viniloversus, Oscarcito y Los Blanco. «¿Marico, Oscar de León?», le dije a Cuá. «Claro chamo, el sonero del mundo vergación», me contestó. Mi cara de emoción me delató. Yo no soy el gran fanático de Oscar, pero de verdad me emocionaba bastante verlo en concierto…y así, con cerveza infinita, muchas chicas alrededor y grandes amigos era una maravilla.

La noche apenas comenzaba. La cola estaba bien grande, pero avanzó rápido. Entramos al parque, primera vez que estaba allí. Por cierto unos años después volví con mis sobrinos y estaba casi en abandono.

Al entrar, justamente arrancaron las guitarras de Viniloversus. Los caraqueños fueron prácticamente los teloneros. Habían muchas cabezas por allá adelante moviéndose, gente coreando los éxitos de estos ganadores del Grammy. La cosa se empezaba a encender. «Directo al grano», su primer hit, puso a reventar el escenario que parecía una cancha de baloncesto. Yo estaba un poco molesto porque me hubiese gustado verlos más tarde y no tan temprano.

Viniloversus ese día. Foto/jogreher

Samantha

Una vez llegamos, Mariastrid se fue a buscar a su novio. Se perdía por ratos. Enmanuel se mantuvo con nosotros y nos presentó a una amiga que estudió psicología llamada «Samantha», lo pongo en comillas porque no recuerdo exactamente su nombre, pero sí lo que pasó con ella. No sean mal pensados por favor.

La chica se unió al grupo. Era divertida, ocurrente. Era «rellenita», cargaba un jean con una franela normal y unas sandalias que parecían cotizas o chancletas. Eso me llamó la atención. «Estamos tomando desde temprano, echando vaina», dijo Samantha mientras descansábamos todos por allá tirados en el suelo. Estaba bebiendo desde temprano pero no estaba borracha, quiero aclarar eso.

Cervezas iban y venían. Como dije anteriormente había barra libre suministrada por no menos de 30 kioskos de Polar puestos alrededor de la pista. Las servían desde sifones, bien fría. Como era tanta la cerveza, la gente la desperdiciaba. Se bañaban de ella, la tiraban al aire celebrando una canción, o simplemente la echaban al piso. La pista estaba inundada, parecía como si hubiese llovido mucho, pero era cerveza. Era fácil resbalarse.

Luego de la banda «Sentimiento Nacional» tocó también Leopoldo Blanco y seguido «Oscarcito» se subió como tres horas. Todos coreaban que se bajara ya, queríamos ver al verdadero Oscar. Por ahí como a las 3:00 de la mañana, con varias cervezas de por medio y todo el mundo mojado de Polar se subió «El sonero del mundo». La algarabía no se hizo esperar y la música ligado con el estado etílico hizo que todo el mundo se pusiera a bailar…hasta yo que no lo hago mucho, pero bueno, el espacio se prestaba para hacerlo, además nadie estaría pendiente de mis pasos, bueno solo una persona: Samantha.

Nos pusimos casi en el medio de la pista. El único que no bailaba era José David, pero se puso a grabarnos a todos.

Invicta

Samantha me sacó, bailamos chapaleando cerveza, un acto peligroso en ese piso resbaloso. La primera canción la pasamos en blanco, sin caernos. En la segunda plashhh, Samantha al suelo. La rescaté, seguimos bailando…ufff casi se cae de nuevo. Continuamos. Dos canciones después otra vez…Samantha dando vueltas con Rafael: plashhh otra vez al piso con cerveza. Tercera caída, todas de Samantha. Yo disimulaba la pena, trataba de seguir como si nada. Canciones seguían, de pronto bailaba con Enma que no se caía. También yo coreaba a lo grande «Que se sienta», una de mis canciones preferidas del sonero. Lo que yo sentía era un poco de pena al rechazar a Samantha, no era por no bailar, más bien era para que no se siguiera cayendo, pero siguió invicta. La cuarta, la quinta, la sexta caída en diferentes canciones. Y no estoy contando los resbalones. Quizá mucha gente pensó que era una coreografía, pero la muchacha no paraba de bailar.

Se terminaba el concierto, eran casi las cinco de la mañana. «Vamos una última canción, dale», me grita Samantha. Yo era el único hombre de ese grupo que bailaba y bueno, me sacrificaba por el equipo. Llegó pues, la séptima y última definitiva caída. Allí se quedó en ese lago de cerveza Polar entre las piernas bailarinas de los demás. Yo creo que hasta el mismo Oscar de León se dio cuenta. Todo el mundo nos miraba y Samantha quejándose del dolor mojada completamente de cerveza. Se acabó la diversión.

No podíamos pararla. Tomamos fuerzas y entre todos, ayudados por otros, pudimos levantarla y sacarla de la pista. Con ella cojeando y llorando por el dolor, la tomamos por los hombros y la llevamos hasta un punto para salir del recinto, pero no aguantó más. Se quejaba del tobillo y la rodilla. Allí se quedó unos minutos. «Llama a mi mamá para que me venga a buscar. Me va a matar», decía. Pensamos en buscar una ambulancia, pero al final ella no quiso. Su mamá venía en camino, pero ya todo estaba cerrando, así que nos obligaban a salir. «¿Cómo hacemos?», decíamos. Lo único que podíamos hacer era llevarla hasta el carro, pero no podía caminar. Entonces, bueno, mi Volkswagen Polo fue el único carro en ingresar a Aquaventura ese día. Lo fui a buscar y gracias a Dios no se lo robaron y no lo habían abierto. Montamos a Samantha adelante y salimos. A unos kilómetros nos encontramos con su mamá que venía en un carrazo negro cargado de una silla de ruedas. «Muchas gracias por cuidarme a mi hija, de verdad gracias», decía la señora catira riéndose de los nervios, apenada y molesta a la vez. La montaron en su carro y se fueron.

Nosotros entre risas, emoción por el concierto y guayabo por la ausencia de cerveza nos fuimos a nuestras casas.

Un año después, estaba con mis amigos tomando un domingo en la Plaza de Concordia, en Cabimas. Llegó un carro extraño y se escuchó una voz familiar. «Hola Rafa, ¿cómo estás?», era Samantha. La veía igual, echando broma y sonriente. Se me acerca y me dice: «bailar contigo, me costó una operación en la rodilla y 40 millones de bolívares», vaya que salió caro bailar conmigo. Toda una particularidad.

Aquí les dejo un video de ese día…no sé por cuál caída íbamos…

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