El bus de las nueve

La mujeres gordas viajan a esa hora

La jirafa de García Márquez


 

Por: Gabriel García Márquez

Periodista. Premio Nobel. Le Gabriel-García-Márquezgustan

las flores amarillas


Las nueve de la mañana es la hora en que las mujeres gordas viajan en los buses. Aquello parece una alegre comisión de madrazas bíblicas. Entonces hay en los vehículos del servicio urbano algo como olor y el sabor legítimos de la especie humana. Un olor que no es posible confundir y que tiene la misma pesadez matinal que se siente en una habitación donde han dormido dos personas. Creo que ese olor, más que la clientela definida e invariable de los buses a las nueve de la mañana, lo que a esa hora los convierte en una cosa alegremente familiar y proporciona la impresión de que cada pasajero está conversando con todos los demás de un patio a otro, por encima de la cerca.

A esa hora cuando la carga es más incómoda y más difícil, es precisamente cuando los conductores tienen mejor humor. No hay nada contradictorio en eso. Es como si ellos pensaran: “Aquí todos vamos en el mismo paseo”. No sé qué digan las estadísticas al respecto, pero me parece que es a esa hora cuando existen menos posibilidades de accidente. Los conductores trabajan entonces, más que con la utilización de la práctica y los conocimientos, a base de inspiración, con un sentido un poco improvisado pero a la  vez más seguro. Hasta parece que en el momento culminante del alborozo unánime el conductor va a entregar los comandos del vehículo a la más gorda de las mujeres y le va a decir: “Maneje usted un rato, señora. Aquí todos tenemos el mismo derecho”.

¿Alguien ha oído alguna vez una conversación entre mujeres gordas? Es imposible concebir un espectáculo más lleno de saludable alborozo. Nadie ríe mejor que dos mujeres gordas. Ni ríe de último, porque ellas nunca acaban de hacerlo. Más de dos mujeres gordas, enredadas en una conversación, hacen pensar que es en el volumen y la densidad donde radica el secreto de la buena salud. Hasta se piensa que no es grasa, sino melcocha lo que les ahoga el corazón. Siempre parece que ellas tuvieran treinta años menos y necesitaran tomar ciertas precauciones para que no las suelte la fuerza de gravedad. ¿Será esa la metafísica de los globos?

A las nueve de la mañana se conoce en los buses urbanos el complemento anecdótico, la parte más humana de la noticia local, ese aspecto de sana comadrería que se omite en los periódicos acaso porque, en la generalidad de los casos, somos los hombres flacos quienes hacemos los periódicos. En la prensa se sabe que un ladrón penetró una casa y se robó un cofre de joyas. En el bus de las nueve se conoce la dudosa procedencia de las joyas y el estado de la piyama en que la dueña de casa salió corriendo a llamar al policía de la esquina. A la clientela del bus de las nueve le llama la atención, más que las dramáticas circunstancias en que se sometió un crimen, el susto que se llevó una de ellas cuando oyó el pistoletazo. Y en verdad que la noticia así es más interesante. Aunque uno se siente inclinado a justificar el punto de vista del criminal, solo para que las mujeres de los grandes canastos de pescado, los mazos de gallina y los húmedos ramos de legumbres tengan siempre un susto que contar en el bus de las nueve. Si la humanidad estuviera compuesta de mujeres gordas, tal vez no hubiera tantos problemas. El universo sería una cosa completamente doméstica.


Texto: Gabriel García Márquez

Publicado en el diario El Heraldo. Barranquilla, 22 de septiembre de 1952


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